Hubo un día
en que me aseé
a conciencia
el cuerpo. Ducha,
lavado de
dientes, corte de uñas,
incluso fui
a la peluquería.
Usé perfume
caro, me vestí
con mis
mejores galas,
guardé
fiesta y no di palo al agua,
ni siquiera
me acordé de ti,
pero no me
sentí radiante,
incluso
estaba algo nervioso,
me faltaba
algo por dentro.
Otro día
descuidé el cuerpo,
olvidé
afeitarme y secarme el pelo,
no me cambié
de muda ni de ropa,
trabajé duro
y a conciencia
y me centré
en mi alma:
al lavar mi
conciencia
con agua,
pan y vino
recuperé la
alegría y la paz
al
desnudarme frente a ti,
al dejarme
purificar internamente.
Ahora conjugo
cuerpo y alma
en mi aseo diario
y concienzudo.