Estaba en
cuarto de primaria
y en la
inocencia permanente;
mi profesor
don Félix, con cojera,
intentaba
enseñarnos todas las materias.
Un solo
libro, pizarrín y tintero
eran toda
nuestra parafernalia
y escribir
en papel con líneas paralelas
con
caligrafía de cuadernos Rubio.
Leche para
el recreo
(el colacao
lo traíamos de casa)
y partidos
de fútbol
o peleas para
ser los más fuertes.
Pero vayamos
cronológicamente:
en el patio
formábamos en filas
a un brazo
de distancia,
cantábamos
el himno nacional
y a golpe de
silbato
comenzábamos
a subir a clase;
también
aprendimos del maestro
el himno a
la Legión
y los
viernes dibujábamos
la estampa
del evangelio del domingo;
al acabar
por la mañana
nos íbamos a
comer a casa
y
regresábamos para seguir la tarde
recitando de
memoria las lecciones;
en el mes de
mayo
acudíamos a
la capilla
para cantar
“Con flores a María”;
la Confirmación
fue por sorpresa,
una mañana
nos dijeron que el Obispo
había venido
para hacernos adultos en la fe,
tres segundos
por alumno bastaron;
de este modo
transcurrían los días
en mi
colegio: Patronato Montemolín.
Al empezar
el bachillerato
mis padres,
haciendo gran esfuerzo,
me
matricularon en Corazonistas;
tras pasar
un examen de ingreso
allí me
formé con otros referentes
y, sin
entenderlo a penas, fui testigo
de una
educación muy diferente.
Quien sepa
algo de mi biografía
sabrá qué
sucedió posteriormente.