11/2/16

MIL NOVECIENTOS SETENTA Y OCHO

Estaba en cuarto de primaria
y en la inocencia permanente;
mi profesor don Félix, con cojera,
intentaba enseñarnos todas las materias.
Un solo libro, pizarrín y tintero
eran toda nuestra parafernalia
y escribir en papel con líneas paralelas
con caligrafía de cuadernos Rubio.
Leche para el recreo
(el colacao lo traíamos de casa)
y partidos de fútbol
o peleas para ser los más fuertes.
Pero vayamos cronológicamente:
en el patio formábamos en filas
a un brazo de distancia,
cantábamos el himno nacional
y a golpe de silbato
comenzábamos a subir a clase;
también aprendimos del maestro
el himno a la Legión
y los viernes dibujábamos
la estampa del evangelio del domingo;
al acabar por la mañana
nos íbamos a comer a casa
y regresábamos para seguir la tarde
recitando de memoria las lecciones;
en el mes de mayo
acudíamos a la capilla
para cantar “Con flores a María”;
la Confirmación fue por sorpresa,
una mañana nos dijeron que el Obispo
había venido para hacernos adultos en la fe,
tres segundos por alumno bastaron;
de este modo transcurrían los días
en mi colegio: Patronato Montemolín.
Al empezar el bachillerato
mis padres, haciendo gran esfuerzo,
me matricularon en Corazonistas;
tras pasar un examen de ingreso
allí me formé con otros referentes
y, sin entenderlo a penas, fui testigo
de una educación muy diferente.
Quien sepa algo de mi biografía
sabrá qué sucedió posteriormente.