A través de la sombra, entre la niebla,
siempre en penumbra y entre laberintos,
llamando a todas las puertas,
voy y estoy desde que soy consciente.
Voy desgastando mis ojos
en la sabia, en los pájaros,
en ríos y montañas;
estoy sumergido en los mares,
viajando a las estrellas,
perforando la tierra.
Me empeño en encontrarte donde sea,
donde quieras mostrarte.
Pregunto, me pregunto
por la respuesta definitiva
para darte las gracias cara a cara,
por ser quien soy,
por el fuego que me consume,
por la gota de infinito que me habita,
por el pensamiento que me nutre,
por este débil corazón en mi costado.
Darte las gracias, cómo no,
por haberme hecho de sueños,
de miedos, de ternura,
de claridad y de pecado.
Desde niño ando buscándote
en todas las culturas, en todas las
creencias,
en todos los escritos, en el cosmos,
incluyendo la esencia de mí mismo.
He subido, bajado, batallado,
construido y frecuentado hasta lo imposible.
Te he imaginado a veces
ajeno a todo, lejano,
misterioso o terrible.
Y después de tanto viaje y tanta lucha
(ya al final de mis años)
regreso a ser un niño
y rememoro agua en mi cabeza,
blancas vestiduras,
velas encendidas,
tu pecho alanceado,
y un relámpago de fe
me hace gritar: “Dios mío”.