Me toca
jugar siempre con las cartas marcadas,
a menudo las
trampas salen a relucir
y pierdo la
partida sin sentirme culpable.
Casi siempre
me apuesto la soledad,
la
incertidumbre o el olvido y a menudo
termino
recordando, creyendo, acompañado.
Da igual que
me esconda o que me aleje,
que me
muerda la lengua o que grite,
que
construya castillos de naipes en el aire
o que acampe
con mi tienda a la intemperie.
Casi siempre
el río se desborda y rompe el puente,
a menudo
dilapido mi sueldo en un instante,
da igual que
medite o vaya a misa,
que me
distraiga o que no crea en nadie:
mi silencio
es un discurso comprendido,
mis promesas
se las lleva el viento impetuoso.
Me encuentro
a menudo con nidos escondidos,
con tierras
prometidas no fecundas,
con arco
iris monocromos,
con pieles
de corderos que camuflan a lobos,
casi siempre
mis farolas se funden
y cataratas
blancas cubren mis ojos,
da igual que
beba agua o que coma sin sal,
que me
mantenga en forma o que me engorde,
mi cuerpo no
consigue alcanzar a mi espíritu.
Intento
inútilmente comprender homilías,
hallar la
incógnita de ecuaciones sin grado,
habitar en
las nubes, respirar bajo el mar,
diseminar
semillas para que germinen,
exponer en
vitrinas trofeos no ganados.
Siempre las
sombras confunden mis miradas,
habitan mi
memoria recuerdos no vividos,
me despido a
diario de mis preciadas joyas
y acabo
disfrazado de otro que me aliena.
Me toca casi
siempre sorber la realidad,
sentirte
junto a mí, de manera confusa
y terminar
ebrio de esperanzas cumplidas:
acompañado,
creyendo, recordando.