Pensé que
era imposible resucitar a un muerto,
que el agua
ardiente fecundara peñascos,
que se
pudiera huir de los infiernos,
que las
oscuras sombras se iluminaran tanto.
Pero viniste
tú y lo hiciste posible,
-me abracé
fuertemente a tu regazo-
resucitaste
mis huesos y mi carne,
fecundaste con
fuego mi corazón de piedra,
hiciste que
tocara con mis dedos la gloria,
que en las
noches sin luna recobrara la vista.
Mi vida se
trocó de nada en todo,
mi
existencia mudó de arriba abajo,
-cíngulo
soy, ceñido a tu cintura-
¡ahora sí
que creo en los milagros!