Nunca
pretendí grandezas,
-mi
capacidad es limitada-
me
conformo con lo poco que soy:
inconformista
y crítico,
con
gustos muy sencillos,
aunque
tal vez anacrónicos.
Me
estremecen la miseria,
la
injusticia y la guerra,
la
marginación y el desprecio.
Prefiero
la sobriedad al boato,
la
salud al dinero
las
luces a las sombras
y la
sonrisa al llanto.
Nunca
quise ensalzarme
ni
pisotear para sobresalir,
persigo
la humildad,
pasar
desapercibido
y ser
querido y aceptado
con
mis imperfecciones.
Considero
necesarios el amor,
la
compasión y la empatía
la ayuda
y el perdón.
A
veces me parece
que
voy contracorriente
al
observar los hechos,
pero
nada me turba.
Quiero
ser un revolucionario
pacífico
y sereno
-evito
los enfrentamientos-
para
cambiar, no el mundo,
solo
mi cercano entorno
(desgraciadamente
vamos
cuesta
abajo y sin frenos).
Aunque
no me recuerden
cuando
muera, es posible
que germinen
las semillas
que
día a día siembro
ignorante
de lo que suceda
(los
frutos llegarán sin duda).
Ofrezco
desde ahora
mi
vida anónima y sombría,
siempre
en segundo plano,
a los
que esperan algo nuevo,
a
quienes crean en el cambio.
No
quiero ser modelo,
no
puedo dar lecciones,
vivo
y dejo vivir,
sin
prejuzgar personas ni intenciones.
Ojalá
un día llegue
el
reino en el que creo,
una
tierra que mane
no
leche y miel sino justicia.