Hay un
diálogo imposible
entre el
mar y los diques,
entre las
tormentas
y los
pararrayos,
entre los
incendios
y el agua
defensora,
entre la
puesta del sol
y la luz
eléctrica,
entre el
amargo luto
y la sana alegría,
entre el
triunfo absoluto
y el fracaso
humillante,
entre la
gracia salvadora
y la perpetua
condena.
Hay una
enorme sima
entre la
fuerza bruta
y la frágil debilidad,
entre la
rica opulencia
y la pobre miseria,
entre el sí
concesivo
y el no
rotundo,
entre el
placer sagrado
y el profano
dolor,
entre la belleza
objetiva
y la subjetiva
fealdad.
Hay un muro
insalvable
entre la
libertad incondicional
y la injusta
esclavitud,
entre la
certeza racional
y la constante
duda,
entre el
amor compartido
y el odio
visceral,
entre la
vida que espera
y la implacable
muerte,
entre tú que
me olvidas
y yo que te
deseo.
Hay algo de
traviesa ironía
en esa unión
irrealizable,
dicotomía irreal
porque son
vasos comunicantes.