Podría, sí, quejarme
de mi suerte,
y repetir
mil veces mi lamento,
ahogar mi
soledad con otros cuerpos
y enterrar
para siempre tu memoria.
Me lo
impiden los puentes que construyes,
el
territorio en que me tienes preso,
el eco de tu
voz en mi cabeza
con las promesas
que me hiciste un día.
Aún espero,
sí, que mi suerte cambie,
que cese de escucharse
mi lamento,
que tu
cuerpo me sacie los deseos
y que
presencia se haga tu memoria.
Aún siguen
cerca nuestras dos orillas,
y se van
derrumbando las murallas,
aún siento
que tu verbo me convoca
y que algún
día cumplirás tu pacto.
Paciencia, sí,
paciencia y más paciencia.