Ya sé qué
enfermedad padezco,
se llama
procrastinación.
Mañana será el
día, lo prometo,
“para lo mismo
repetir mañana”.
Y va pasando el
tiempo
sin que encuentre
el momento
para hacer lo que
debo:
sencillamente
abrirte
la puerta
encasquillada
de mi cruel
corazón cerrado
a cal y canto,
amurallado.
Un antes y un
después que son lo mismo,
lo urgente y lo
importante se demoran.
Me agobia decidir
lo inevitable,
aunque el domingo
repican las campanas,
aunque el móvil me
recuerde el evento.
Postergo sin
sentido
tu llamada
insistente
-no suelo abrir ni
a conocidos
ni a extraños
cuando no me apetece-.
Y es que no tengo
ni fecha,
ni hora, ni
segundo
para atender mi
propia vida.
Me asustan tus
propuestas,
gusto de mis
placeres
por eso no hago
caso
a lo que decía mi
abuelo:
“No he visto yo
ningún mañana”.
Reconozco que
duermo entre laureles,
como un lirón, o a
pierna suelta,
que tal vez no
tenga solución,
pero sé que soy
esclavo
de mi humana condición.