Y por qué no empezamos a actuar con ternura, a ser siempre
simpáticos, a repartir sonrisas…
Y por qué no tratarnos como iguales y libres, haciéndonos la
vida algo más agradable…
Sería muy distinto el mundo que creamos si fuéramos amables,
si con dulce carácter nos diéramos las gracias. ¿Acaso ser afables nos acorta
los días? Y por qué no abrazarnos ladrones, policías, sacerdotes, ateos, casados,
divorciados, inocentes, culpables, negros, blancos, cobrizos, vencedores,
vencidos, justos y pecadores… Y si nos comprometiéramos a ser sencillos con los
sencillos (fuera complicaciones), privados con los privados, públicos con los
públicos, errantes con los errantes, nómadas con los nómadas, nobles con los nobles
(basta ya de traiciones), decentes con los decentes (sobran los inmorales), insobornables
ante el fraude…
¡Qué bien todos hermanos, bondadosos, sencillos, creadores
de puentes!
Y si nuestra moneda de cambio fuera la honradez, el perdón, la
confianza ciega…
Si nuestro patrimonio estuviera repleto de inocencia, serenidad
y calma que legáramos gratis
a los que nos rodean, a todos los humanos… Y si llenáramos nuestros almacenes de
laborables fiestas, de fascinantes frutos, de impecables principios, y de
finales compartidos…
Por qué no comenzamos a caminar unidos hacia un común
destino de bondad y belleza cogidos de la mano… Y por qué no escucharnos respetando opiniones sin tacharnos de
enfermos, de locos sin remedio… Hagamos
monumentos de carne a la paz,
al respeto, al compartir, a la
tolerancia… Que nos importe el
otro como norma, que acordemos,
pactemos, para saber más, para querernos
más… Somos inimitables,
irrepetibles, imprescindibles,
insuperables intachables,
maduros… Y por qué no
arriesgarnos a saltar al vacío
de la corrección, de la coherencia,
de la mesura, de la compostura…
Aprendamos, comprendamos de una vez por todas que hemos llegado aquí
para hacernos felices.