He experimentado junto a ti
los más alegres instantes de mi
vida,
fugaces, sí, pero infinitos.
No me pidas que diga
cuándo fue, ni el día ni la
hora,
-perdía la consciencia
cuando nos encontrábamos-.
Sólo sé que me queda
tu diamantino contacto,
el fuego incandescente
de nuestras confidencias.
Elegiría sin dudarlo
para la eternidad esos momentos
de almas confundidas,
de cuerpos superpuestos.
Nada vale tanto la pena,
-ni el universo entero-
como esa bacanal divina,
como esa orgía deslumbrante
de tu amor en mis entrañas,
genio gigante de mis
convivencias.