Hemos de
aprender todo en esta vida,
no nacemos
sabiendo de este juego,
quizá porque
tampoco tiene reglas.
Vivir es
avanzar entre tanteos
que nos
conducen de la risa al llanto
que nos llevan
a la paz o a la lucha
sin saber
con certeza a qué se debe.
Elegimos, o
al menos lo parece,
personal o
comunitariamente,
optar por el
amor hacia los otros,
de nosotros
sentirnos satisfechos,
luchar por
la felicidad del mundo,
-nos creemos
esa preciosa máxima:
“el hombre
es bueno por naturaleza”-.
Mas la
realidad no lo confirma,
elegimos, o
al menos lo parece,
personal o
comunitariamente,
apostar por
el odio contra todos,
satisfacer
nuestro propio egoísmo,
llenar el
mundo de continuas guerras,
-hacemos
prosperar ese otro dicho:
“el hombre
es (como) un lobo para el hombre”-.
El bien y el
mal conviven y se mezclan
en el juego
agridulce de la vida,
¡nada ha
cambiado el hombre desde el génesis!
y morimos
ignorándolo todo
y aunque las
reglas no sean las mismas
todo seguirá
igual siglo tras siglo.