Mi vida es
una guerra entre voces distintas
una que
siempre engaña, otra que nunca miente.
Que no, que
no me sigas pidiendo lo imposible,
compromiso
sin fechas, deseos compartidos,
promesas
inviolables, fidelidad a ciegas.
Que no, que
no pretendas convertirme en tu esclavo,
que mi
mañana sea seguir siempre tus pasos,
que renuncie
a mis gustos, que repita tus gestos.
Que no, que
no vendo mi alma a cualquier precio,
que el
placer no lo es todo, que el poder es injusto,
que el
dinero no puede comprar las amistades.
Aparta de mi
vista tus aviesas promesas,
no me
tientes sabiendo que soy un hombre débil,
no caeré en
tus redes –diabólico verdugo–.
Opté desde
hace tiempo por seguir a un dios padre,
por amar a
un dios hijo, por un espíritu santo
que jamás me
presiona, que me deja ser libre.
Que sí, que
sí pretendo vivir ese evangelio
que no busca
riqueza, ni poder, ni placeres,
que perdona
mis faltas, que nunca me condena.
Que sí, que
sí comprendo que es difícil hacerlo,
que voy
contra corriente, que caeré mil veces,
pero estoy
convencido de que vale la pena.
Mi vida es
una guerra entre voces distintas
una que
siempre engaña, otra que nunca miente.