¿Por qué quiero volar si temo
desplomarme?
¿Por qué quiero luchar si asumo ser
vencido?
¿Por qué quiero esperar si sé que
nunca llegas?
¿Por qué temo aguardar, perder, caer?
Temo que dentro de la concha no haya
nácar,
temo que este nuestro volcán esté
apagado,
temo que el sueño se convierta en
pesadilla.
¿De qué extraño material estoy creado?
Tú, que eres de la pureza de la
perla,
tú, que quemas como lava
incandescente,
tú que me haces soñar con vastos
territorios,
dime dónde está tu difusa figura,
dónde escuchar tu hermética voz.
Haz que el día brote de la noche,
que del desaliento surja la
esperanza,
dame fuerza e ingenio para encontrar
el mudo sonido de tus pasos.
Infúndeme tu aliento diáfano y
sereno,
destila en mí tu sangre derramada,
siembra alegre tus semillas en mi
prado,
impón tus manos en mi cansada frente
y que descienda tu espíritu a mi
carne
para que la distancia, la prisión,
el olvido,
no sigan torturando mi intermitente
sueño.
Ayúdame a respirar, a levantar el
vuelo,
a enfrentar con valor la batalla,
a no desesperar en tanta larga
espera,
a encontrar un mañana impostergable.
Llena mis manos de tu caricia
cósmica.