Vivir es aprender que todo
cambia (aunque no hay nada nuevo bajo el sol), que galopa el reloj sin
detenerse, que cada uno defiende su verdad, que los extremos tienden a juntarse
y que todo es relativo y vanidad. Vivir es comprender que el hombre acaba, que su
almanaque tiene un fin seguro y que caerá el telón en su mirada. Vivimos
comprobando, resignados, que muchos de los sueños nacen muertos, que hay más de
un corazón de pedernal, que del llanto a la risa paseamos, que hay semillas que
no germinarán. Constatamos que hay trenes no atrapados y agua dulce que se
funde en la sal, hay estrellas que ni siquiera vemos y palabras que da igual no
pronunciar. Vivir es aprender en propia carne que el amor duele más de lo
normal, que nos perdemos en cuestiones nimias y nos ahogamos siempre en un
dedal. Vivir es aprender constantemente silogismos oscuros sin sentido, es
olvidarse de que el mal es posible, es confundir la puerta a que llamar.
Pretendemos que el cielo solucione la incógnita que debemos despejar, buscamos
refugio en la tormenta, seguridad en nuestra libertad y nos perdemos por
caminos rectos, orgullosos de hacernos esperar. Vivimos tras pepitas en el río y vendemos nuestra alma a
los demás esperando tener la recompensa de incinerar castillos en el mar.