Brotó ayer un febrero en mi
costado
que parecía una campiña húmeda,
verde, esperanzadamente verde,
que hizo crecer un manto de
alegría,
espigas en balance por el
viento.
Que sea bienvenido y que se
quede
habitando en mi cuerpo renacido,
que no se fugue cuando está en
mis brazos:
¡me siento tan feliz en este
instante!
Le regalo la lluvia de mis ojos,
incansables trabajarán mis
manos,
dará ciento por uno la cosecha
que llenará el granero todo el
año.