No podría escribir una epopeya –a lo Odisea o a lo Os lusíadas-
ni escritos épicos -a lo Ilíada, Los nibelungos o Mío Cid-, porque los tiempos
han cambiado y mis fuerzas y la inteligencia no me alcanzan. No podría escribir
una novela como El Satiricón o El Lazarillo, o Pedro Saputo, llena de ingenio y
que provoque risas, porque además de lo dicho sobre mi capacidad, estoy algo
triste en este instante. No podría escribir un libro de caballerías o de
ciencia ficción a lo Quijote o a lo 1984 porque no está a mi alcance. No podría
escribir colecciones de cuentos a lo Decamerón o Las mil y una noches. Ni
tampoco podría con novelas modernas o ejemplares, ni con Robinsones, Gulliveres
o Werthers. Me vendría muy largo hacer la competencia a los realistas,
naturalistas o románticos. No me gustaría escribir como en la Ilustración, sí
como en los siglos XIX y XX: Otra vuelta de tuerca, El Ulises de Joyce, El
hombre sin atributos… Confieso que me atrae la experimentación, -dar un Contrapunto-,
el absurdo de Kafka y el existencialismo de Camus o de Sartre. No podría, por
más que lo intentara escribir en prosa porque me fatiga y soy desordenado.
Aunque pasen los tiempos –Cien años de soledad- se seguirá jugando a la
Rayuela. El realismo mágico, Cortázar, son una maravilla inalcanzable. Soy
español del siglo XXI y me quedo con Tirano Banderas, La Regenta, Los gozos y
las sombras, Pascual Duarte, Tiempo de silencio, El héroe de las mansardas de
Mansard, El desorden de tu nombre, Octubre-octubre, Larva… y tantas otras que
me han hecho gozar espiritual y físicamente, que me han hecho sentirme aprendiz
de diablillo, insignificante frente a tanto talento. Este es un pequeño tributo
a los grandes contadores de historias que aunque cambien los tiempos
permanecerán en mi memoria.