No pretendes examinar a nadie,
tus preguntas son de respuesta fácil:
¿quién piensas que fue su prójimo?,
¿qué dicen la ley y los profetas?,
¿qué pone en la inscripción de la moneda?,
¿quién obedeció el encargo de su padre?,
ciego, ¿qué quieres?,
¿cuántos panes tenéis?,
¿qué buscáis?, ¿por qué lloras?,
¿me amas más que estos?,
¿quién me tocó?, ¿quieres sanarte?,
¿por qué has dudado?,
¿quiénes son mi madre y mis hermanos?,
¿dónde están los otros nueve?,
¿por qué discutíais?, ¿aún no entendéis?,
¿quién dice la gente que soy yo?,
¿podéis beber mi cáliz?,
¿también vosotros queréis marcharos?,
¿por qué me pegas?,
¿por qué me pedís signos?,
¿cuál es tu nombre?
Pero el responder nos compromete,
tememos que nos pidas demasiado,
que nos pongas deberes difíciles
como los falsos maestros que tuvimos.
¿Por qué preguntas así?,
¿por qué nos amas tanto?