Visitaba, después de muchos
años,
la casa abandonada de mi pueblo.
Parado en la fachada, de un
blanco amarillento,
observaba la puerta chirriante,
el balcón con persiana de madera
y venía a la mente mi infancia
veraniega.
Entré con llave de nostalgia
en las paredes del tiempo en
forma de cadáver.
Ahora todo eran ruinas y
abandono:
suelos, muebles, cortinas, utensilios…
Mi vista vagamente se perdía en el
polvo
y en densas y abundantes
telarañas
y nada me atrajo ya de su
presente,
acaso fantasmagórico reflejo de lo
que soy ahora.
“Miré los muros de la patria mía”,
paredes descorchadas y rotos
azulejos,
y mi mente voló por una jaula
agonizante.
Si allí reinó la vida alegre y
compartida
ahora lo hace la frialdad y el
desamparo,
si allí mis manos descubrieron
tesoros
ahora apuran restos de amarga
melancolía
vertidos sin pudor en mi propio
cáliz.
Subiendo lentamente a las
alcobas
encontré viejos libros, juguetes
inservibles,
arcones repletos de chatarra y
vajillas
y ropa colgando en los armarios
como ahorcados.
En el granero, último piso,
entraba la luz
entre algunos agujeros sin tejas
y sin techo.
Me sentí a la intemperie,
ahogado por la lluvia
de las fuertes tormentas de mis
sentimientos.
Allí había un espejo
resquebrajado y sucio
que reflejó traslúcido mi rostro
y sus arrugas
(me vino a la memoria el retrato
de Dorian Gray)
y vi correr el tiempo sin
moverme.
Bajé corriendo, cerré la puerta,
me fui
como un intruso huésped
desorientado,
dejando atrás mis monstruos
encerrados
las historias de brujas de mi
abuela,
las fotografías siniestras de
mis antepasados
y supe al alejarme que mi
memoria no soy yo,
que un día acabaré como esa casa
en ruinas.