Ahora
que estoy sola en casa me decido a llamar. Me ha convencido una amiga. Mi carne
y mi alma ya no aguantan más. Lo quería, pero ya no le quiero. Todavía alguna
vez me creo sus mentiras que vuelven a ser golpes pasado poco tiempo. Su
humillación constante me hace ser un guiñapo. ¡Y yo que me creía fuerte! Me
somete a su antojo y en mis mejillas las lágrimas han creado surcos. Y necesito
ayuda para huir de este monstruo vestido de cordero. Tengo miedo de su cuerpo,
de sus palabras, incluso de mí misma por estar indefensa. Ni duermo por las
noches con él a mi costado, ni vivo por el día pensando en lo que ocurra. Ya no
quiero el silencio de estas cuatro paredes, quiero salir, ser libre, no
sentirme la diana de envenenados dardos. Yo que toqué el paraíso me encuentro
en un infierno. Ante él no soy capaz ni de sostenerle la mirada, bajo la vista
y trago saliva de angustia. Obedezco y obedezco a todos sus caprichos. Se
enmudece mi voz si quiero decirle algo. ¡Cómo desearía abandonarlo! Pero siento
vergüenza ajena y propia. No tengo hijos, ni familia para echarme una mano. Me
han dicho que hay pisos de acogida pero temo que me busque y se vengue de mí de
atroz manera. ¿Pero qué estoy haciendo sino salvar mi vida cada día? Ya no lo
reconozco, ya no me reconozco y el futuro lo veo muy oscuro, a veces he pensado
en vestirme de luto. Os pido un poco de esperanza. Anoche mismo al regresar a
casa, ebrio de alcohol y de lujuria, me poseyó a la fuerza (aún tiñen de morado
mi piel sus agresiones). Cuando salgo a comprar siento la mirada de pena que
clavan en mi rostro los vecinos. Aunque me esmero por la casa, la ropa o la
comida siempre encuentra reproches por cualquier nimiedad y me hace parecer
incompetentemente inútil. Yo ya no sé qué hacer, os pido desesperadamente ayuda.
Tampoco quiero que él sospeche siquiera que yo le he delatado. Ojalá que él desapareciera
de repente o que yo me muriera ahora mismo. No me tengo de pie, mi cabeza
delira. Vivo permanentemente en la tristeza, en invierno perpetuo, en soledad
agónica como res llevada al matadero. Y no será porque no hable con Dios todos
los días y le suplique el fin de esta tortura. No sé si hay solución a lo que venga.
Y ahora, después de hablar sinceramente, escucho…