26/8/15

COSUENDA MEMORIES

Visitaba, después de muchos años,
la casa abandonada de mi pueblo.
Parado en la fachada, de un blanco amarillento,
observaba la puerta chirriante,
el balcón con persiana de madera
y venía a la mente mi infancia veraniega.
Entré con llave de nostalgia
en las paredes del tiempo en forma de cadáver.
Ahora todo eran ruinas y abandono:
suelos, muebles, cortinas, utensilios…
Mi vista vagamente se perdía en el polvo
y en densas y abundantes telarañas
y nada me atrajo ya de su presente,
acaso fantasmagórico reflejo de lo que soy ahora.
“Miré los muros de la patria mía”,
paredes descorchadas y rotos azulejos,
y mi mente voló por una jaula agonizante.
Si allí reinó la vida alegre y compartida
ahora lo hace la frialdad y el desamparo,
si allí mis manos descubrieron tesoros
ahora apuran restos de amarga melancolía
vertidos sin pudor en mi propio cáliz.
Subiendo lentamente a las alcobas
encontré viejos libros, juguetes inservibles,
arcones repletos de chatarra y vajillas
y ropa colgando en los armarios como ahorcados.
En el granero, último piso, entraba la luz
entre algunos agujeros sin tejas y sin techo.
Me sentí a la intemperie, ahogado por la lluvia
de las fuertes tormentas de mis sentimientos.
Allí había un espejo resquebrajado y sucio
que reflejó traslúcido mi rostro y sus arrugas
(me vino a la memoria el retrato de Dorian Gray)
y vi correr el tiempo sin moverme.
Bajé corriendo, cerré la puerta, me fui
como un intruso huésped desorientado,
dejando atrás mis monstruos encerrados
las historias de brujas de mi abuela,
las fotografías siniestras de mis antepasados
y supe al alejarme que mi memoria no soy yo,
que un día acabaré como esa casa en ruinas.

11/8/15

016

Ahora que estoy sola en casa me decido a llamar. Me ha convencido una amiga. Mi carne y mi alma ya no aguantan más. Lo quería, pero ya no le quiero. Todavía alguna vez me creo sus mentiras que vuelven a ser golpes pasado poco tiempo. Su humillación constante me hace ser un guiñapo. ¡Y yo que me creía fuerte! Me somete a su antojo y en mis mejillas las lágrimas han creado surcos. Y necesito ayuda para huir de este monstruo vestido de cordero. Tengo miedo de su cuerpo, de sus palabras, incluso de mí misma por estar indefensa. Ni duermo por las noches con él a mi costado, ni vivo por el día pensando en lo que ocurra. Ya no quiero el silencio de estas cuatro paredes, quiero salir, ser libre, no sentirme la diana de envenenados dardos. Yo que toqué el paraíso me encuentro en un infierno. Ante él no soy capaz ni de sostenerle la mirada, bajo la vista y trago saliva de angustia. Obedezco y obedezco a todos sus caprichos. Se enmudece mi voz si quiero decirle algo. ¡Cómo desearía abandonarlo! Pero siento vergüenza ajena y propia. No tengo hijos, ni familia para echarme una mano. Me han dicho que hay pisos de acogida pero temo que me busque y se vengue de mí de atroz manera. ¿Pero qué estoy haciendo sino salvar mi vida cada día? Ya no lo reconozco, ya no me reconozco y el futuro lo veo muy oscuro, a veces he pensado en vestirme de luto. Os pido un poco de esperanza. Anoche mismo al regresar a casa, ebrio de alcohol y de lujuria, me poseyó a la fuerza (aún tiñen de morado mi piel sus agresiones). Cuando salgo a comprar siento la mirada de pena que clavan en mi rostro los vecinos. Aunque me esmero por la casa, la ropa o la comida siempre encuentra reproches por cualquier nimiedad y me hace parecer incompetentemente inútil. Yo ya no sé qué hacer, os pido desesperadamente ayuda. Tampoco quiero que él sospeche siquiera que yo le he delatado. Ojalá que él desapareciera de repente o que yo me muriera ahora mismo. No me tengo de pie, mi cabeza delira. Vivo permanentemente en la tristeza, en invierno perpetuo, en soledad agónica como res llevada al matadero. Y no será porque no hable con Dios todos los días y le suplique el fin de esta tortura. No sé si hay solución a lo que venga. Y ahora, después de hablar sinceramente, escucho…