Fuiste muy poco a poco ganando
la batalla,
silenciosamente, con una
estrategia sublime,
sin hacer uso de las armas
mortales.
Avanzaste entre trincheras
escondidas
como topo con ojos y con ojo
avizor
que clava su pila, como un visor
de rifle,
en la presa que aparece
indefensa.
Llegaste paso a paso delante de
mis muros,
a unas pocas zancadas de mi fuerte
castillo
y lo asaltaste, cruzando el
foso,
llegando a la barbacana , derribando
la puerta con no sé qué tipo de
ariete.
Me creía seguro, inexpugnable; pensé
que nadie,
nadie, me conquistaría de esa
manera, cambiaría mi vida.
Me equivoqué, ingenuo, ignorante
de tu poder,
de tus caminos, de tu fuerza, de
tu magia.
Ahora, en cautiverio, te ruego
que no arruines,
que no engañes mi fe y mi
esperanza en tu dominio;
que en grilletes de oro esté en
tu compañía.
No tengo miedo al verte, aunque
mi sangre late aprisa,
tiemblan mis piernas y claudico
a tus órdenes.