Hablo de soledad continuamente
porque suelo apartarme
a unos pocos lugares,
a unos cuantos momentos
que me dan paz cuando la
necesito.
Recuerdo el cierzo que casi me
arrastraba,
cuando era niño, al retorcer
la esquina;
el olor de los guisos de mi
madre;
el calor de la estufa
de leña en los inviernos en
Cosuenda;
mi colección de cromos;
los primeros cigarrillos
furtivos;
las citas con exnovias;
los préstamos de libros
en esa biblioteca de Los
Sitios;
las canciones protesta
con los amigos en aquellos
bares
esquina León XIII;
la doble sesión en el cine
Dux;
los álbumes de fotos de familia…
Conservo pocos más,
pero me siento a gusto
cuando son mi recuerdo,
cuando quiero alejarme
de los continuos ruidos que me
invaden.