(A Jesús Tello)
Te
cambiaron los campos de trigo de tu Épila
por
otros que no sabías que existieran:
Angulema,
Mauthausen,
¿por
qué les llamarán campos? –pensaste–.
Te
cambiaron la vida por algo parecido a la muerte
con tan
solo dieciséis primaveras.
Te
metieron como a los animales
en
vagones de carga y de descarga.
Tras
desnudarte impunemente, te raparon el pelo,
te
dieron uniforme de los de prisionero
y un
número de serie: tres mil ochocientos cuarenta y uno.
Tuviste
algo de suerte, ¡qué sarcasmo!
pues
asististe a la caída de muchos compañeros,
seguro
que creías que tú eras el siguiente.
Un día,
por sorpresa, te viste liberado,
no sé
de qué, porque no te dejaron ni volver a tu tierra.
Has
muerto en Tournefeuille, anciano,
y
atormentado por los recuerdos del pasado.
¡Ojalá
que el campo de la inmortalidad te reconforte!