Nunca me atrevo a entrar
en tu mundo de espejos,
en la luz que me ciega
si me miro en tu rostro,
en tu mar de cristal.
Nunca entro en tus hogueras
donde me quemo entero
convertido en ceniza,
en polvo y en arcilla.
Y cuando me decido
nunca me descalzo
al entrar en tu templo,
aunque mis pies impuros
consigan tu perdón;
siempre guardo silencio
ante el ruido del mundo
cuando penetro el muro
de tu firme bastión;
siempre vuelo en tu aire
cual paloma pacífica
y nado entre tus olas
jugando como un pez.