Yo, que
soy imperfecto, inacabado,
cuando te
siento cerca,
tan cerca
que me habitas,
creo en la
perfección.
Cierro los
ojos y te veo,
inspiro y
te respiro,
me callo y
te escucho,
la
perfección me es asequible.
Haces que
todo lo demás
sea marchito
y perecedero,
como
flores de un día
o amores
de una noche,
haces que
solo exista
tu luz de
gigante luciérnaga
que
ilumina la tiniebla y la noche,
que
alumbra mi camino.
Entonces
sé que me miras,
que me
sonríes, que me tocas,
que me
haces estar vivo
y todo se
moldea a tu imagen,
incluso yo
me considero
una obra
de arte, de tu arte
incomparable
a las del Prado,
a las del
Louvre o a las de Orsay.
Me haces
agraciado y hermoso
porque
estoy más allá de mí,
cerca de
tu perfección
que palpo,
cuento, digo y vivo,
dejando en
el recuerdo
mi otro yo
ausente de tu cuerpo.
Pero a
veces retorno
al caos, a
la noche, a lo imperfecto
cuando de
mí te alejas,
cuando no
estás presente
y te
escondes, te ausentas
haciendo
que mi carne marchite,
que vuelva
a ser gusano
que espera
de nuevo su metamorfosis
con otro
relámpago de tu presencia.