Enfrente de mi ventana
veo crecer una casa
(como si fuera un árbol).
Se levanta deprisa,
cada día aparecen
mármoles y ladrillos,
balcones y ventanas
(ramas y tallos nuevos).
Cada piso encerrará la vida,
los sueños de personas
de a saber qué lugar,
acogerá abrazos, oraciones,
alboroto de niños,
llantos de soledad
(savia y anillos en el tronco).
Esa casa de enfrente
engendrará familias
que irán envejeciendo
por goteras del tiempo,
nombres desconocidos
en un número exacto
de una calle con nombre
(del ciprés o del sauce).
Y también esa casa,
la mía, la de todos,
se volverá amarilla
y al llegar un otoño,
tal vez no tan lejano,
caerá como una hoja.