Entro en tu inmenso templo
sigilosamente y me parece ver
tu rostro en el retablo, tu pecho en el altar,
tu alma en las columnas, tu aliento en el incienso.
Me callo y me arrodillo
y el atril ilumina tu evangelio
y en la custodia están tus ojos.
Sucede todo en un credo
y te entrego mis labios, te doy mis brazos,
mis pulmones, mis pies y mi silencio
porque quisiera ser cariátide y atlante
para estar siempre en tu templo.