23/7/13

MIGUEL SERVET

“Si hay  que condenar a todo el que yerre en un punto particular entonces habría  que quemar a todos los mortales mil veces”. (Miguel Servet)
Quizá fueran el proceso y la muerte más injustos de la historia. Inquieto desde niño fecundaste tu vida, fue la luz para ti lo más hermoso y acabaste en la hoguera. Ya a tus catorce dominabas el latín, el griego y el hebreo. Científico, teólogo, sabio, cosmopolita de identidad auténtica (aunque a veces ocultaste tu origen). Tolerante frente a la intolerancia no te casaste con nadie, pero la religión es peligrosa (la Inquisición y Calvino se te echaron encima). Acusadores, criminales y homicidas quedaron como buenos y ortodoxos –hasta los más inteligentes se equivocan- y tú pusiste en evidencia sus errores, sabías que este mundo es simulacro y sombra y que todos tenemos derecho a confundirnos sin ser por ello merecedores de la muerte. Fue tu vida sacrificio por enfermos y pobres, dolor por los de abajo (curaste en Chelieu, regalaste tus zapatos a los adolescentes). Te maltrataron, te encarcelaron, hasta tapiaron tus ventanas y no tenías mudas que ponerte solo humedad y frío. Te quemaron dos veces, en Lyon como efigie y en Ginebra de veras una fría mañana de otoño atado a un poste, con cadenas de hierro, con corona de paja, hojas secas y azufre y un ejemplar de tu obra. Reconocido en la modernidad como adalid del pensamiento libre, de la defensa del hombre y de la justa sociedad. Perteneces ya a la humanidad entera, renaces como renacentista (desde aquel 27 de octubre de 1553) mártir del bien y de los fueros de los derechos. Fuiste, según algunos, una de las diez primeras lumbreras de todos los tiempos.