“Si
hay que condenar a todo el que yerre en un punto particular entonces
habría que quemar a todos los mortales mil veces”. (Miguel Servet)
Quizá fueran el proceso y la
muerte más injustos de la historia. Inquieto desde niño fecundaste tu vida, fue
la luz para ti lo más hermoso y acabaste en la hoguera. Ya a tus catorce
dominabas el latín, el griego y el hebreo. Científico, teólogo, sabio,
cosmopolita de identidad auténtica (aunque a veces ocultaste tu origen).
Tolerante frente a la intolerancia no te casaste con nadie, pero la religión es
peligrosa (la Inquisición y Calvino se te echaron encima). Acusadores,
criminales y homicidas quedaron como buenos y ortodoxos –hasta los más
inteligentes se equivocan- y tú pusiste en evidencia sus errores, sabías que
este mundo es simulacro y sombra y que todos tenemos derecho a confundirnos sin
ser por ello merecedores de la muerte. Fue tu vida sacrificio por enfermos y
pobres, dolor por los de abajo (curaste en Chelieu, regalaste tus zapatos a los
adolescentes). Te maltrataron, te encarcelaron, hasta tapiaron tus ventanas y
no tenías mudas que ponerte solo humedad y frío. Te quemaron dos veces, en Lyon
como efigie y en Ginebra de veras una fría mañana de otoño atado a un poste,
con cadenas de hierro, con corona de paja, hojas secas y azufre y un ejemplar
de tu obra. Reconocido en la modernidad como adalid del pensamiento libre, de
la defensa del hombre y de la justa sociedad. Perteneces ya a la humanidad
entera, renaces como renacentista (desde aquel 27 de octubre de 1553) mártir
del bien y de los fueros de los derechos. Fuiste, según algunos, una de las
diez primeras lumbreras de todos los tiempos.